21.9.18

¡Guambia con los lumpen!

En la edición de Brecha del 7 de septiembre 2018, el sociólogo Rafael Bayce publicó en la Contratapa un artículo titulado Por la plata baila el mono, donde reflexiona sobre las repercusiones que trae la reciente intervención de la FIFA sobre la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF). Bayce hace un brevísimo racconto de la evolución de “lo nacional” y cómo este ideologema ha sido vaciado, llenado y vuelto a vaciar en su devenir histórico, hasta la situación de “traslocalidad transnacional” encarnada en órganos como la FIFA que, sin acoplarse a las legislaturas nacionales, interviene instituciones autoproclamadas “nacionales”, como la AUF.

Al final del artículo, Bayce se dedica a evaluar cómo deberían estar integrados los órganos rectores del fútbol; y es llamativo cómo se despacha de un sinnúmero de falacias para descalificar, insultar y deshumanizar a los principales protagonistas del fútbol: los futbolistas.

Reconoce que tienen "derecho a defender sus derechos de imagen y de arena", y a tener “voz” en los órganos rectores donde, hay que recordarlo, efectivamente se negocia con la imagen y el producto del trabajo del futbolista; pero a renglón seguido considera que no está seguro que deban tener voto porque "el nivel medio del background sociocultural y económico-político de los jugadores conlleva cierto riesgo de actuación como lumpen-nuevos ricos" (el subrayado es mío). Además de esto, utiliza el deshonesto recurso de invocar a un pensador de prestigio como Vaz Ferreira para acarrear agua a su molino, y compara a los futbolistas con unos pobres estudiantes universitarios que no entenderían nada de educación ni tendrían la madurez suficiente para pensarse a sí mismos como educandos. Menos mal que no le hicimos caso a Vaz Ferreira y tenemos una universidad autónoma y cogobernada.

Los futbolistas profesionales no son culpables de no ser altruistas, como los acusa Bayce: son trabajadores, no miembros del voluntariado de psicoterapia nacional. Que nuestras industrias culturales capitalistas desplacen el lugar de lo político y lo vuelquen a los deportes profesionales -entre otros campos de batalla cultural- no es porque los futbolistas pese a que su carácter de ídolos populares puede[n] hacer engañosamente pensar que sus intereses son altruistas: los de la gente y del país; es por una inteligente estrategia capitalista, con un fuerte contenido ideológico, y que además hace circular capital por el mercado de la cultura.

Y sí, los futbolistas velan por sus propios intereses, como todo trabajador, ¿por qué estaría mal eso? Claro, no pueden determinar cómo se organiza, distribuye, revende, commoditiza y fetichiza el producto de su trabajo, que es lo que no mencionó Bayce. Que un trabajador no tenga el poder de determinar la valía de su producto es algo que, de 1848 para acá, ya debería de sonarnos bastante familiar. Para Bayce los futbolistas son igual de egoístas y cerdos (“monos”, los llama él) por no contentarse con renunciar a este poder, a pesar de ser los productores de eso que llamamos “fútbol”.

No esperaba encontrar un argumento tan clasista, retrógrado y colonialista en este semanario como el que esgrime Bayce, quien dice que no podemos confiar en los futbolistas porque existe el riesgo de que se comporten como lumpen-nuevos ricos. Habría que señalarle a Bayce que la gerencia y negocio del fútbol está lleno de lumpenburgueses, los de aquí y los de allá, y que en todo caso si los futbolistas fuesen esos andrajosos desclasados ignorantes que él aduce que son, sólo se estarían integrando al gremio, como quiera que los dirigentes del fútbol no son los Ángel Rama de la educación física.

A Bayce se le escapa la liebre con las comparaciones con los estudiantes universitarios o con la de niños de guardería. Si ya Bayce calificó a los futbolistas de monos estúpidos e ignorantes que a lo sumo “pueden contratar asesoramiento profesional” -como si la inteligencia de un pensamiento estuviese en la teórica profesionalidad de quien lo emite-, no sorprende que reduzca sus inteligencias a las de niños de guardería que deben ser velados por el panóptico guardián de la AUF.


Es una vergüenza que este tipo de descalificaciones falaces y generalizaciones clasistas y colonialistas hacia un tipo de trabajador, como lo son los futbolistas, aparezca en cualquier conversación de mesa de billar, o en cualquier medio de prensa. Y que este nivel de generalizaciones y de ejercicio libre de la imbecilidad por parte de un sociólogo doctor y Grado 5 de la Facultad de Ciencias Sociales es... breathtaking. Demuestran el poquísimo rigor intelectual y autocrítica que tiene el productor del artículo. Y derrota el mismísimo argumento que intenta demostrar: ser un “asesor profesional” como podría ser Bayce no nos garantiza la inteligencia ni la sensatez; antes bien, parece más bien que nos asegura una tribuna desde donde lanzar nuestro vómito.

14.5.18

¿Y si nos reideologizamos mejor?

No lo lamento tanto por los que verdaderamente saben lo que están haciendo. Aquellos para quienes el trasfondo de las movilizaciones, el trueque de intereses y el desarrollo de una guerra mediática y geopolítica es bastante transparente en su mayor parte. Estos creo que saben dominar su rol, mover los peones y preparar el terreno para sus jugadas de caballo.

Sí lo lamento, y mucho, por aquellos muchachos que entre mezcla de nobleza, irreflexibilidad y miopía política, se movilizan sin saber qué intereses sirven, qué rol juegan en todos estos movimientos de tríceps políticos y económicos, y cuál es el horizonte de un Estado latinoamericano en el siglo XXI. Gente que quizá ya perdió la vida, o la van a perder, o no saben ya que la perdieron.

Es difícil estar en lo correcto en estos enunciados, porque cada uno vive el conflicto desde una posición única e irrepetible. Es difícil acusar al cadáver de estúpido, cuando su enorme y bello sacrificio se remonta sobre su supremo acto de estupidez o inocencia, cuando uno sabe que el cadáver es el dueño del signo, y no simplemente su portador o su juez.

Pero me lamento y soy muy sospechoso de estos movimientos que, sin ningún horizonte organizativo y sin ninguna plataforma política, avanzan con la pulpa de un sintagma tan miope como "el pueblo" o "la patria". ¿Qué clase de lucha política es la que está ocuriendo? ¿Entre qué estamentos? ¿Cuáles son los baluartes económicos que fundamentan estas luchas? No creo que obtengamos nada positivo argumentando que "el pueblo" y "la patria" etcétera. Aún hoy hay que recordarlo: las verdaderas luchas revolucionarias tienen que pasar por una lucha de clases, tienen que involucrar la economía política, y es tanto una lucha de balas como de ideologemas. Ese vocabulario debe ser reflexionado y revitalizado. ¿Cuáles clases? ¿Cuáles economías? ¿Cuáles políticas? ¿Y no es que se habían terminado las ideologías? Adiós, adiós, ¡adiós a los héroes! Esa gente, demasiado moderna, que no desea ensuciarse con los ideologemas, como queriendo cortar montes de caña sin quitarse el blazer.

Condeno fuertemente la represión rampante, pero más condeno el uso político de la represión rampante. Creo que para detener los bailes de la violencia son los dos bailarines los que deben de alejarse de la pista de baile para quitarse los calzados.

Condeno al gobierno por sus errores, por su estupidez, por sus crímenes, por su particular gimnasia de hacer política, una política que se ha ido retirando de los espacios y que creció en estos años cometiendo el error más garrafal de toda organización política: el no reproducir sus propias condiciones de existencia ideológica. A diferencia del neoliberalismo, que fue uno de sus mejores alumnos, nosotros no aprendimos nada de Lenin. Creo que el FSLN no entendió que no se trataba sólo de ser un administrador del capitalismo -como diría Zizek-, no era ser sólo otro chofer más de esos buses llamados Estado. Otro tecnólogo de la Economía Política.

También condeno a los "verdaderos sandinistas". N me hablen del sandinismo, háblenme de Sandino. Pero qué de Sandino. Háblenme de Sandino como podrían hablarme de José Martí. Si no, directamente regresemos al barcelona-real-madrid. El principal ejemplo de Sandino no estriba en su destreza política, que no era deslumbrante, ni en su producción intelectual, sino en su ejemplo humano, en el estudio sincero de su integridad. Ahora bien, no podemos hacernos del verdadero Sandino político porque no tenemos las claves históricas ni el marco político en que éste existió. Nuestras claves son otras. Nuestra posición es otra. Por eso este Sandino-político no puede ser nuestra herramienta. ¿Vendepatria? A todos nos gusta recordar a Sandino cuando un mexicano le increpaba que los nicas "son vendepatria". Nunca un obrero insultó tanto y por tanto tiempo. Lo tenemos listo en el bolsillo: "vendepatria". ¿Pero qué es un vendepatria? ¿Cómo se vende? ¿Y cuál patria? ¿Quién era dueño de ella? ¿Y cómo éramos dueños? Gente plantando madroños. ¡Madroños! No he visto gesto nacionalista más torpe y ridículo. ¿Quiénes serán los verdaderos sandinistas? ¿Los santos arrojados, intrépidos y valientes? Para algunos va a ser un poco lamentable el descubrir que Sandino no es un personaje de Marvel, que su ejemplo de vida lo debemos incorporar en el día a día, y que el martirologio, el verdadero martirologio es algo impuesto por la historia refractada sobre nuestra virtud o nuestro pánico. No es una vocación ni una actividad deportiva, esto es, irreflexiva. La revolución no habla con una app.

Estas son algunos pensamientos, abandonados, o desordenados, que comparto, ahora que veo que los muchachos están a punto de derrocar al gobierno sin tener absolutamente la más pálida idea de qué es lo que ocurrirá después.

Por allí recibí una crítica sobre un comentario que realicé, porque "no sumaba", y al parecer ahora "hay que sumar", hay que aunar fuerzas. Es el momento de sumar, no de poner palos en la rueda. Pero nadie sabe el objetivo o los fines, únicamente parecería estar claro el medio, que sería derrocar al gobierno. Que no es un objetivo, sino eso, un medio. ¿Para qué fines? Nadie de estos muchachos lo sabe. Conozco otra "muchachada" que sí lo sabe, pero que no tiene tiempo para estar derramando sangre en los asfaltos cuando perfectamente pueden ver el show por televisión.

Muchachos, Ortega no fue Somoza, y ustedes no son aquel FSLN, y, lamentablemente, esto que hacen no es la Revolución. No crean que sólo los gobiernos "autoritarios de izquierda" reprimen, ni que sólo Ortega posee el monopolio de la represión. Sí, muerto el perro se muere la rabia pero no la malaria. La lucha por la libertad de expresión y por la no criminalización y judicialización de la protesta es una lucha constante y que siempre hay que estar revalidando y defendiendo. Peeo es una lucha que también posee sus vías idóneas, y la de la insurrección abierta no me parece la más adecuada, si es que verdaderamente éste es uno de los objetivos. Así que piénsenlo bien antes de derrocar al gobierno.

Y en el fondo, lo lamento más por los que todos los días están en el fondo del tarro de la historia y la economía, los que son sandinistas sin saberlo, o sin necesidad de tener el carnet, la medalla o el machetazo para serlo. No sé sobre qué montaña marcharán, ni de qué virtud quedarán colgados una vez que termine el film.

Así que, muchachos, recuerden esto al día siguiente de tirar el gobierno y regresen a sus trabajos y a sus clases y se congratulen entre sí diciéndose "Ganamos": ¿cuál era el objetivo? ¿qué "ganaron"? ¿y quiénes ganaron?

26.8.17

¿Contra el exilio?

En el Número I de la Revista Alastor (Octubre 2016), la poeta Oriette D'Angelo publicó una reflexión titulada "Contra la palabra exilio", donde intenta acercarse al uso (o abuso, o mal uso) de esta palabra, así como su carga semántica. Aquí elaboro algunas reflexiones que conversan con su texto.

No es lo mismo estar contra la palabra exilio, que contra "el exilio". Como sea que se le quiera designar al hecho de "irse, indefinidamente", o estar "separado de la tierra" en que uno vivía, este hecho representa un corte, una solución de continuidad entre la matriz cultural de la cual uno proviene, y uno mismo. Y es ésta solución de continuidad, este corte, lo que se problematiza cuando se desea analizar el exilio, no su denominación.

Por otro lado, no creo que aporte mucho al estudio la distinción sugerida por D'Angelo de "El exilio, marca registrada". Porque: ¿qué no está registrado hoy en día? También podríamos decir "El cosmopolitismo, marca registrada", o "Los arraigados, marca registrada", o "El cuerpo, marca registrada". Hard-boiled, Multiculturalismo, "Pluralismo"... Y así podríamos continuar. Al registro de la marca no le importa la marca, le importa el proceso de registro. Una vez creada la marca, el fluir del mercado proveerá su elegante lubricación fetichista, en cuya faringe ya se agolpará el consumidor nato.

Tampoco creo que estar en contra de "el exilio" represente estar en contra del nacionalismo, como bien podría atestiguarlo Edward Said, por poner un ejemplo. ¿Uno estaría en contra de la palabra "exilio" porque uno está en contra del nacionalismo? En el juego arraigo-nacionalismo-desarraigo confluyen elementos de profunda tradición y largo alcance, juegos identitarios, juegos de poder cultural y representación simbólica, bastante más serios que la posible vanidad o abuso del trademark "soy-exiliado". Sin mencionar aquí que el nacionalismo tampoco es algo contra lo que uno "pueda estar". El nacionalismo funciona; no es un corpus epistemológico que esté allí para ser verificado, o para ser denunciado simplemente como "falso", como fibra limitante de nuestro totipotencial quehacer humano.

La matriz cultural de la que provenimos cambia mientras no estamos; de allí que nuestros escritos sobre la performance de esta matriz empiezan a observar un poco de luminosidad trascendental -común a cualquier cultura- y un poco de delicioso ejercicio forense. La cuadra de nuestro barrio no se sentará a esperarnos, y su performance muere con nosotros, con los que nos fuimos, no con los que están allí, que son ya la cuadra de nuestro barrio; estos no necesitan de esa performance para serlo.

Menos veo productivo, en cuanto al análisis del exilio, el querer distinguir si ha sido uno el que se fue voluntariamente, o si se es perseguido político. Más que análisis o réplica, esto amenaza con instalar un concurso de sufridos, donde se adquiere el derecho a la categoría en base a los tormentos sufridos, o una especie de Top Ten de tragedias. En todo caso, si nuestro hijo pierde una mano, ¿le es relevante al dedo pulgar el que nuestro niño se haya automutilado a propósito, o en cambio por el descuido de un gentil hachero?

No es necesario irse para estar en el exilio, así como no es necesario estar para ser un auténtico paisano. No tiene ningún mérito per se ser la mirada más cosmopolita y nutrida, por poner un extremo, como tampoco lo tiene el gauchismo o la criolledad más esofágica y rancia, por poner otro.  Entonces, ¿cuáles son las utilidades analíticas y críticas del exilio?

Creo que las posibilidades del debate podrían ser fructíferas, sobre todo cuando hoy en día parece que es casi imposible "irse": no debemos preocuparnos, no nos hemos ido, el mercado mediático siempre está con nosotros, listos a proveernos medios de acceso a la cuadra de nuestro barrio. Podríamos preguntar: si el exilio implica una solución de continuidad entre esa matriz cultural que nos produjo y nosotros mismos, ¿podemos corregir ese corte a través de las prótesis tecnológicas actuales? ¿Y de qué matriz cultural hablamos, como para que sea corregible con nuestras riquísimas prótesis? ¿Qué le ocurre al cuerpo de nuestra lengua, a los signos de nuestro barrio, cuando escribimos para otra lengua, para otro signo? ¿Y cómo repercuten nuestros cuerpos estéticos hoy en aquellos?

Estas preguntas, entre otras, podrían ser disparadores más acordes, más útiles. Estar "en contra" de la palabra exilio (y operar la falacia de que en verdad podemos estarlo) creo que nos aleja de ellas, y lo que es peor, al querer simplificar su génesis, las invisibilizan; enmudecen las preguntas que deberían venir después.

7.11.16

Esquela

Sigo sin escribir absolutamente nada. Continúo inmiscuido en el proceso de desertificación (si pienso en la arena, soy el hombre). La ciencia se ha llevado al mejor jinete de mis horas, y permanece un caballo desbocado, quien marcha junto a su ceguera verbal y alegre atisba, sin sudor, el borde del precipicio. Si la ciencia es esta hora, yo soy el tiempo detenido y muestro, tímido, mis manecillas rotas. Si me lo preguntan: sí, prometo dimitir. Lo prometo, compañeros. Todo este horizonte blanco será para ustedes.

24.1.16

"Sandino, una biografía política", de Volker Wünderich

(texto publicado en mi blog Libros nicas leídos por un outsider)
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Una obra que a los nicas nos ayuda a saldar esa deuda que tenemos, y que se llama: desconocemos a Sandino.

A través de ella, Wünderich traza la historia intelectual de Sandino, cuyos ejes son el liberalismo y la teosofía. Particularmente utiliza los registros históricos y archivísticos para indagar sobre la incapacidad (o negativa) de Sandino a articular la lucha del EDSN con las corrientes ideológicas revolucionarias más influyentes desde el extranjero: el socialismo, catapultado por la Revolución Rusa; y las ideas revolucionarias más fuertes de la Revolución Mexicana, en especial aquellas desgajadas en la reforma agraria.

La presentación de Sandino en este libro se nos opone a la imagen de Sandino apropiada por el proceso revolucionario sandinista: no hay duda que afortunadamente la figura histórica de Sandino pasó por un proceso de rescate, que lo extrajo del olvido al que se vio sepultado en los años posteriores a su asesinato (1934), pero este rescate es heroico, místico, además de funcionalmente político. No es un rescate histórico.

Se entiende que la apropiación de Sandino haya sido así: el FSLN revolucionario no era una organización académica, y sus objetivos no eran la edición de libros históricos. Cuando Sandino habla de la "familia nicaragüense", no está dialogando con el FSLN; cuando Sandino piensa en la causa liberal, y cuando arde sobre el espinoso sujeto democrático, no está conversando con las herencias de la revolución cubana, ni apela a una fracción socialdemócrata "revolucionaria", si es que estas dos palabras pueden yuxtaponerse en una oración.

Pero hoy las necesidades son otras. Los objetivos se permutan, se empobrecen o se perfeccionan. El libro, inicialmente editado en 1995, y en 2010 (edición que poseo), nos presenta la imagen incómoda, aunque más fidedigna de un Sandino que, paradójicamente, por estar más cerca de la mundanidad, más se agranda en su mística, en su rol histórico, en su función de ideologema total. 

Añadimos el texto de Wünderich a la multitud de los otros relatos: desde "El muchacho de Niquinohomo", de Sergio Ramírez, a los textos de Selser y Belausteguigoitia, y lo que podemos encontrar es que el redondeo de la figura histórica de Sandino (ese redondeo que va a incluir con Wünderich la miopía política para moverse entre los comunistas y la comunidad internacional; la mediocridad estratégica para presionar los botones correctos en Nicaragua al acercarse las cruciales "elecciones" de 1932; el mesianismo, el carácter religioso -no institucionalizado-, teosófico, y hasta la "querida" -como la salvadoreña Teresa Villatoro-), en vez de comentar o empobrecer los logros de Sandino, los enaltece.

Pero no es el Sandino de bronce el que se mejora. El bronce está roto. Sandino es devuelto a su rol de agente histórico y así, revolcado en este fango, es que continúa agigantado. Su capacidad de imponerse sobre las verdades incómodas de Volker Wünderich -o, mejor, de pararse sobre los hombros de éstas- y tocarnos como fuerza de cambio, esto es lo que permanece, lo que continúa como barro vivo.

24.1.15

Settings

(publicado en la Revista de ensayos, del Colectivo Prohibido Pensar, Año I, número 5, Enero/Febrero 2015: 100-103.)
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Réquiem por Adorno

No en pocas oportunidades, uno atisba en la distancia la silueta de Adorno y no puede evitar el florecer en el rostro de cierta sonrisa nostálgica y melancólica, de un movimiento de cabeza algo infantil y condescendiente: aquél gigante que había sido un niño prodigio, y que con su torrente de música y escritura y exilio y potencia intelectual engordaba los anaqueles, hoy aplastado ya bajo la monstruosa legislatura habermasiana, y sepultado bajo los sofisticados recovecos de lo que se insiste en llamar "posmodernismo". Ésta es la noche de Adorno.

Y suculenta es la noche de ciertos muertos. ¡Cuántos intelectuales de izquierda -si es que alguna vez, sobre la rambla de Montevideo, estas palabras han marchado juntas, alpargata contra alpargata- desearían tan sólo recibir una amenaza de epifanía como la experimentada por Adorno durante los intensos días estadounidenses de Minima moralia! Ser víctimas de una idea brillante, he allí la esperanza de toda vida ágil, interesante y simultáneamente patética, ya descorchado el envase y frotados todos los vicios.

No han sido pocos los intentos por rescatar el legado de Adorno de la protuberante manopla que extendió sobre éste Jürgen Habermas. Sobre la dialéctica de modernidad y posmodernidad ("La crítica de la razón después de Adorno", de Albretch Wellmer), Theodor Adorno (Ross Wilson, de la serie Routledge Critical Thinkers), o la interesante y completa biografía Theodor Adorno. One Last Genius (Detlef Claussen), son textos claves, y relativamente recientes, que abordan esta masiva obra.

Beating a dead horse

Uno de los aspectos más superados de la obra de Adorno sería aquél que concierne al advenimiento del concepto de industria cultural, específicamente en cuanto a que las proposiciones iniciales de Adorno (y uno de sus engels, Max Horkheimer) presuponían un consumidor pasivo y completamente engañado, víctima inocente de un mass schema. Los grandes capitalistas, esos gigantes motores de los cimientos de la industria cultural, tenían sujetados a los individuos gracias a que estos desconocían totalmente que cuando compraban un artículo de marca o cedían a las tendencias consumistas de moda, en realidad se sometían ciegamente a los esquizoides poderes de estos flamantes victimarios.

En etapas posteriores de su vida intelectual, Adorno atendió esta posición que caricaturizaba al consumidor y avanzó con una mordacidad ejemplar a la siguiente elaboración: las vetustas víctimas de la industria cultural contribuyen al consumo de este tipo de cultura a pesar de saber lo que hacen: con tal de que reciban la más mínima y dionisíaca gratificación, desearán un engaño que sin embargo es por completo transparente a ellos (ver el texto Culture Industry Revisited).

El término "industria" en sí no debe ser tomado literalmente, nos comenta en ese texto: se refiere a la estandarización de la cosa en sí y a la racionalización de las técnicas de distribución de productos culturales, pero no específicamente al proceso de producción de tales productos. Industria cultural es más la auratización del capitalismo volcado a la cultura, que la manufacturación per se de unos cuantos discos o novelas pop.

Un cuerpo que no hace fru frú al moverse

Hoy en día, es rara la persona que no sea en buena medida anti-adorniana. ¿Cómo no vamos a saber cómo funciona la televisión? Y estos espeluznantes carteles en los estómagos de cada unidad de transporte colectivo, ¿a quién engañan? ¿Alguien puede dudar de que no sabemos que odiamos a nuestro supervisor del Call Center? ¡Y por favor, que alguien llame al Horóscopo!

Aquél, reconocido y nombrado como "hijo de puta", no nos explota con su presencia en la supervisión del Call Center, mientras monitorea nuestra compostura al recibir una tras otra las llamadas más agrias de los vírgenes consumidores estafados; sino que quien antes odiábamos en la fábrica o el cuartel ahora nos aborda con tranquilidad en la mesa de casa, al mismo tiempo que con su ausencia elegantemente nos auratiza. Si por un lado monitoreará nuestras llamadas recibidas en un cubículo a cara descubierta, después nos espiará ocultos en la hinchada o en la soledad de nuestro porntube. Y nunca ha habido una soledad tan calificada como la que experimentamos frente a nuestro porntube. Pienso en cuánto pueblo han formado los canales del bukkake y las franquicias del gloryhole, y tiemblo. ¿Y quién es el señor que tan sombría y melancólicamente nos emociona cuando se pican los penales?: Theodor Adorno.[1]

Higiene adorniana

¿Cómo entender que una expresión cultural no es más que industria cultural, y otra no? ¿Por qué hinchar por un cuadro de la Liga Española sería un rasgo de esclavitud cultural, e hinchar por la selección uruguaya no? O mejor aún, ¿cómo entender a quien se enfurece porque aparezca una "vulgaridad" en la caja boba, pero no porque le roben la marxianísima plusvalía todos los días del año?[2] ¿Cuántas "gringadas" hay que consumir para ser gringo? He aquí el infierno maniqueísta y su maquinaria que se enhiesta para aplastar a cuanta hormiga adorniana podría subsistir en la vuelta.

Las derrotas de Adorno se contaron ya hace tiempo en variadísimos frentes. No basta el estatuto de la reificación para reconocer la industria cultural,[3] porque a estas alturas -en las que la industria cultural ha penetrado con su tecnología los rincones más íntimos de tus Settings- la reificación ocurre ya casi a un nivel intrasilábico en el individuo; aunque parezca increíble, y a riesgo de ser más adorniano que Adorno, la cosificación se semantiza antes de que las sílabas de lo más íntimo y privado del individuo -su lenguaje- lleguen completas a éste.

Incluso el desmantelamiento de la expresión "expresión cultural" y su univocidad -frase que a todas luces se sentía muy unívoca al Adorno de la República de Weimar y su high art y low art- ha problematizado el mismísimo terreno común donde nuestros análisis podían empatarse con los de Adorno.

No adorarás los Settings

Una expresión cultural no es más que industria cultural cuando su única y más vital función es desplazar la política[4] del individuo, y quizá inadvertidamente reemplazarla por esas palabras tan bonitas como "autonomía", "pluralidad", "identidad", "reconocimiento", "sujeto humano" o "derechos” -eso tan moderno que antes no teníamos en el catálogo-, por citar unos ejemplos, y que, en el fondo, son unos buenos y efectivos eufemismos de la Gran palabra de nuestro tiempo: la administración.

La administración, y esos magníficos vehículos adornianos; la nacionalidad del hombre, el identikit de la obra, el ovillo de la ideología. La verdad que nos heredó la industria cultural se resume en esto: "Tu nacionalidad, tu commodity";[5] y en vez de nacionalidad podemos colocar el vocablo que mejor nos venga en gana: deporte, look, estilo, perfil, porntube, hashtag, etcétera.

¿Es esto una higiene adorniana? No. Porque aquí no habría consumidores engañados. No existiría ya el actante sacrificado de toda su agencia; no subsistiría ese ideólogo lo magníficamente niño como para ser perdonado. La nacionalidad, allí, véanla, y sus florituras. La nacionalidad, y esos suculentos vehículos administrativos, en el sentido más zizekiano, si se quiere (no pun intended).

No hay higiene de Adorno, como no hay higiene del porntube. Elegí "nacionalidad" no porque, como instituto moderno, sea un gran vehículo de lo social, sino porque, en la constitución de ese instituto como tal, y a pesar de la gran disparidad de elementos narrativos que utiliza,[6] funciona efectivamente como una commodity. Mientras "nacionalidad" no sea un sema de sociedad, sino de administración, no importa qué tan grande o chica sea nuestra nación: siempre estaremos unidireccionalmente narrados en ella. Es esta unidireccionalidad la que la emparenta con la industria cultural adorniana, y es su narratividad la que la acerca a nuestro presente, infestado de signos y signos, y donde cualquier intento de rifle sanitario sígnico es un crimen, paradójicamente, político.

Réquiem por nosotros

¿Cuándo la narración de una nación desplaza la política? Siempre. Y nunca. Porque la actuación de la política no implica un relato, sino un acto. Ése es el acto que suspende el carácter jerárquico de toda nación, donde a alguien le toca narrar, y a alguien ser narrado; a algunos nos imaginan, y a otros imaginamos. Como anota Rancière,[7] no existen palabras para política, justicia o igualdad. No son éstas narraciones perdidas u olvidadas a las que habría que llegar. Simplemente son.

Correspondamos la anotación de Rancière con uno de sus propios ejemplos: Política no es que el negro de Louisiana realice una marcha de protesta en contra de la segregación racial. Esto sería el discurso entre los discursos, donde la paradoja de Bourdieu entrelaza en la mismidad del negro la otredad del combatido.[8]

Política, realmente, es que ese hombre negro vaya y se siente en ese restaurante For Whites Only y espere ser atendido. Es esto, y no otra cosa, lo que hace evidente en su máxima expresión el cuerpo de la política. Sentarse allí, como quien va por el signicidio del racismo. Y es este acto silencioso, y sin mayor explicación ni trámite que el de la presencia de un individuo en una mesa que le está prohibida por serlo -un estado no semantizado (a menos que el color de la piel sea un sema)-, lo que configura la política, la igualdad, la suspensión de una jerarquía.

Hoy no está de moda Adorno. Está de moda narrar, ser un texto, o un palíndromo humano, cuya vida se lee igual en todas direcciones. Está de moda poseer todas las rectas, para que no nos acusen de intolerantes o de, por si las dudas, stalinistas. En el mundo abandonado de Adorno, por menos te purgan; por un poco más, te administran.

En este sentido, como en lo demás, toda palabra, cuando nace, establece su propia anatomía histórica.
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[1] Terry Eagleton se pregunta, en La idea de cultura, ¿cómo sería una sociedad como las occidentales que careciere del deporte como expresión de la industria cultural? Siendo que el deporte profesional es el producto cultural más perfecto posible, ya que, al mismo tiempo que se enguanta al deseo de cualquier espectador, provee su propia narración junto a su redondez ideológica, una sociedad sin esos deportes sería una sociedad.

[2] Cfr. la destacadísima obra Folk Devils and Moral Panic, de Stanley Cohen; no anda muy lejos de las recientes campañas por la baja en la edad de imputabilidad: simplemente repetimos Gran Bretaña. ¿Qué sería nuestro venenosísimo plancha, y su hermano mayor, el menor infractor? Sólo nuestro folk devil británico, una volqueta humana sobre la cual descargar nuestro revoque de moral panic, mientras asistimos a un atardecer en la rambla montevideana y nos deleitamos, no sin ternura, en esos pintorescos pescadores, jubilados de la corvina.
[3] Denunciar, desde Marx hasta acá, que un objeto cultural nos reifica equivale en eficacia a gritarle a un juez "¡Vendido!" desde esa rica tribuna.

[4] Entiendo aquí por política el sentido rancièriano del término, no el administrativo policial, más propagado. Esto es, política en cuanto a acto del individuo que suspende el arjé.

[5] Sólo alguien lo suficientemente contemporáneo de Adorno podría haber diseñado el slogan "Un turista, un amigo".

[6] Cfr. la obra clave de Michael Billig, Banal Nationalism.

[7] Lo anota en básicamente todos lados, pero se puede hallar expandido en El reparto de lo sensible, El tiempo de la igualdad o en la recopilación de breves escritos políticos y entrevistas Momentos políticos. Cfr. la estrategia de los derechos civiles en los 60’s estadounidenses con la narración que hace Rancière sobre la secesión de los plebeyos en el Aventino.

[8] Esta paradoja narra que cualquier actitud del Esclavo validará la posición del Amo; si marcha sobre él, es porque desea suplantarlo de manera simbólica (y también muy realmente, a decir por los machetes desenvainados), con lo que refuerza la posición del Amo; si decide intentar desarmar la simbología del Amo al tomar la estrategia de abrazar y celebrar su identidad de Esclavo en busca de aquilatarla con su entrega, también refuerza la posición del Amo, porque funciona en base a su discursividad. Como sea que, a nivel discursivo y simbólico, la expatriación de este tipo de vínculo es, por lo menos, perversa. Es verdad: la isla de los patriastras es imposible. 

4.11.14

El hermano Jacques, 3: Más y mejor policía

(texto publicado en la revista de ensayos Prohibido Pensar, número 3, titulada "Escrituras")
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Quizá el punto más clave en la obra de Jacques Rancière es su establecimiento, articulación y operatividad de su concepto de política. En diversas partes del cuerpo de su obra, Rancière aborda, define y redefine el núcleo de este concepto: el impacto y la brutalidad de esta operación de redefinición radica en todo lo que deja afuera, que en términos prácticos casi equivale a lo que hoy en día en nuestras culturas se conoce por "política".

El hacha de la policía

La política es simplemente la práctica de subjetivación de un individuo que se encuentra en un contexto de anomia, esto es, en una situación en la que no tiene ninguna parte de lo social, donde no se le puede nombrar, y donde el discurso que éste produce no es inteligible o legitimable, excepto bajo aquellos parámetros de discursividad de quienes dominan ese contexto u orden social.

Cuando la política desaparece de la subjetivación del individuo, lo que la suplanta es el concepto de identidad. Cada vez que alguien expresa que su identidad es "algo", un rasgo en particular (metalero, bolso, escritor, uruguayo, etcétera), una secreta muerte de la política ocurre al otro lado del silencio. El identitarismo vino para declarar lo siguiente: "Abandonemos el escándalo de la igualdad, y luchemos por lo que "es" cada uno de nosotros". Es en esta veta que las luchas identitarias nutren por un río subterráneo el lago de la reaccionariedad: porque no les es posible articular el escándalo de la igualdad. Por esto, aquellos que luchan por la identidad, son reaccionarios a pesar de ellos mismos.

A este respecto, la igualdad no acepta proyectos de administración cultural; la igualdad no es esa mano herida del hombre sobre la que uno va a calzarle los guantes de la economía política y la expresión de las urnas. En este sentido, lo reaccionario no es pensar que el formalismo democrático es la mejor vía que tenemos para pensar un "Estado que administre mejor"; lo reaccionario es pensar que esto se relaciona en algún modo con la igualdad.

Rancière aporta un segundo término, que expresamente contiene lo que hoy en día llamamos en gran parte "política": y es la policía. La policía es el modo de jerarquización de un orden social. Como es imposible que exista un orden social sin un tipo de jerarquización, de esto se sigue el establecimiento de la policía es inevitable. 

Sin embargo, no todas las policías son iguales. No es lo mismo la policía de nuestro sistema de oligarquía liberal que la policía del sistema norcoreano o que las policías de los antiguos estados príncipes de Alemania. Lo que los diferencia no es que tuviesen mejores o peores leyes, o estatutos más o menos bárbaros; los diferencia "la constitución simbólica de lo social".

En la policía, de acuerdo a Rancière, está prácticamente todo lo que hoy llamaríamos "política": discusión sobre una mejor distribución de la riqueza, protestas sobre baja de impuestos, luchas por reconocimiento de derechos (ya sea culturales, políticos, "humanos", etcétera), y en general todas aquellas cosas por las que pensamos como definición de política, incluidos los actos electorales, las bicimarchas o el formalismo democrático: todas buscan mover la aguja de la jerarquía sobre el orden social, modificar el contenido de la estructura, pero no la estructura en sí.

Política sería utilizar los cuerpos de los individuos para suspender esa estructura, para colocarla en tela de juicio. La política es "lo que interrumpe la naturalidad de la dominación", lo que suspende el arjé. ¿Pero cuándo estos cuerpos pueden identificar que realmente ponen en tela de juicio el arjé que los ha dejado afuera, y no simplemente, por poner un ejemplo, cacerolean entre viejas y jubilados en una avenida bonaerense? ¿Cuánto peligro, cuanta agresión institucional como respuesta tiene que sentir el cuerpo que se subjetiva para sentirse igual, para ser? Quien suspende el eje jerárquico ya es par de este eje; todavía no lo ha derribado, no se ha emancipado: golpea la constitución simbólica de lo social de esa jerarquía.

La política es cara, la policía es barata. La política cuesta, la policía se soporta. La política participa del hambre, la policía del apetito. El pensador de izquierda sabe dónde está la línea en la cual una mayor radicalización de sus actividades conlleva la pérdida por parte de la sociedad de los privilegios alcanzados. Rancière conoce muy bien este gesto: es el fantasma que recorre nuestras europas: nuestro gen pragmático. Así, uno de los mejores artificios de nuestro orden social es el haber hecho deseable la eliminación de la política para aquellos a quienes más urgente les era el ejercerla, o en términos de Rancière: el suspender la subjetivación del individuo -por el sólo hecho de ya serlo-, a cambio de explotar un rasgo particular en el arjé, de participar. Lo siniestro es que cuando en las campañas aparece el slogan "Participe", es el sistema quien está teniendo razón. La política sólo escucha, y aquí la policía ríe. Ríe profundamente.

El instrumento de la política

Para Rancière, el único instrumento de la política, y que está presente en la realización misma del acto político, es la democracia. Curiosamente, hoy en día este pensamiento es profundamente "antidemocrático". O al revés, aquellos quienes abogan por el formalismo democrático como parámetro de legitimación de nuestras oligarquías liberales son los primeros en ver pasar el cadáver de la democracia flotando por el río de lo social.

Si denunciamos el formalismo democrático, es sabido, recibimos rápidamente el título de antidemócratas y antirrepublicanos. ¿Qué es lo que "tanto sudor y sangre" nos costó conseguir y "defender"?: la democracia y la república. No: es la policía.

Al votar, votamos la realidad. Votamos la policía de la realidad. Ni siquiera votamos. Simplemente nos presentamos a decir "Presente, maestra". De acuerdo a Rancière, la inteligencia del sistema capitalista no está en ocultar o engañar al "pobre", al "obrero" o al "consumidor", algo así al estilo del Adorno de La Industria Cultural. La inteligencia está en volver deseables estas mutilaciones, en contratar la identidad y despedir la política. Un Adorno que ha regresado al futuro y ha decidido dormir.